Todos los que hemos estudiado francés sabemos lo endemoniadamente complicadas que pueden ser su ortografía y su gramática: tres acentos distintos, letras mudas, cedilla, una escritura que poco tiene que ver con la pronunciación… pero también sabemos cuán importante es la ortografía para los que amamos el lenguaje y cómo nos resistimos a los cambios.

El caso francés es muy interesante. En 1990 el Consejo Superior de la Lengua Francesa aprobó una reforma que desató discusiones apasionadas y mantuvo a Francia dividida en dos bloques: los que estaban a favor y los que estaban en contra. Le Figaro se aferró a las antiguas normas; mientras el diario Libération, de carácter progresista, se declaraba de acuerdo con el cambio, así como Le Monde. El sindicato de correctores de imprentas y editoriales también estaba en contra, mientras que el de maestros estaba a favor. Y así toda Francia, dividida en sus intelectuales, sus periodistas, sus profesionales, sus ciudadanos…

Las nuevas reglas cambiaban la escritura de unos 4.000 vocablos de los 50.000 que una persona culta puede escribir en francés a lo largo de su vida.  La lengua de Molière perdía con esas modificaciones el guion que une ciertas palabras y, sobre todo, el acento circunflejo, el sombrerito que constituye todo un marcador genético: donde él aparece, antes hubo generalmente una letra s: fenêtre, fenestra (ventana); île, isle (isla), huître, huistre (ostra)… Además, la reforma incluía ciertas supresiones del conjunto ph y de las letras dobles ss y pp en algunas palabras. Pecata minuta que diríamos viendo los toros desde la barrera.

Resulta curioso que ante una propuesta como esta, algunas personas desde una posición izquierdista defendían la simplificación de la lengua por entenderla un avance progresista que evitaría el fracaso escolar, mientras los comunistas franceses, con el diario L’Humanité a la cabeza, manifestaron que la aparente necesidad de modernizar la ortografía constituía solo “una manera de distraer la atención de los verdaderos problemas de la enseñanza”.

La Academia francesa, ante las proporciones del debate que se desató en el país, adoptó, solo unos meses después, una salomónica decisión: se mantenía en sus tesis sobre la nueva ortografía y, al mismo tiempo, instaba al Gobierno a no aplicarla imperativamente, y a someterla “a la prueba del tiempo”. Y hasta hoy.