Cuando estudié Filología tuve la suerte de tener un profesor de esos que se recuerdan toda la vida. Era jesuita y, quizás porque había pasado mucho tiempo en Alemania, tenía predilección por los filósofos alemanes e insistía en que debíamos leerlos en alemán porque en el viaje de la traducción se perdían muchas cosas. A mí me parecía una exageración sin fundamento y además una pretensión imposible, ¿es que había que saber todos los idiomas para poder comprender a cada autor? ¿Acaso no existían los traductores? Solo con el paso de los años he comprendido cuánta razón tenía. Porque sí, en efecto, hay muchos matices que se pierden en el viaje de la traducción.

Una cuestión especialmente difícil de traducir son las expresiones hechas en cada idioma. “La muela del juicio” que decimos en español, es “le dent de la sagesse” en francés, que habría que traducir por “el diente de la sabiduría” y en rumano se diría “la muela de la mente”. Otro ejemplo, para decir que en el mar o en la piscina el agua llega hasta una determinada altura, en español se adopta el punto de vista de la cabeza y se dice “aquí no cubre”, si alguien tradujera en italiano “cui non cobre”, nadie lo entendería porque en Italia se dice “cui se toca” poniendo el punto de vista en los pies, mientras en alemán se dice “hier kann man stehen” o “hier steht man” que significa “aquí se puede estar de pie”, a medio camino entre el italiano y el español.

Mi profesor tenía razón, pero vivan los traductores porque sin ellos nuestro mundo se vería reducido y se haría muy pequeñito.