Vamos a un centro comercial enorme a las afueras de Versalles para comprar alguna de las tantas cosas que hacen falta cuando uno se muda: ganchos para los cuadros, silicona para las juntas, barras para las cortinas… Vamos aquí y allá recorriendo esas avenidas falsas llenas de estímulos, nos tomamos un café para recuperar fuerzas, bajamos a Habitat buscando inspiración… Sobre la marcha decidimos comprar también la cena y así no tener que cocinar. Estamos cansados tras un par de días de hacer cajas, otro de mudanza, otro para deshacer cajas. Bien, ya está todo, ¿verdad? Ahora estamos cansados del trabajo de mudarse más del recorrido hecho por el centro comercial. Se podría decir de estos sitios que llegas encantado pensando que vas a encontrar todo lo que necesitas en un pis pas y te vas muerto con las piernas hechas fosfatina.

Tras varios intentos no encontramos la puerta por la que hemos entrado y, por lo tanto, no encontraremos el coche. Nos topamos con la puerta Vendôme y también con la puerta Opéra pero ni rastro de la Concorde, que es la nuestra. Al borde de la desesperación abordamos a un vigilante que está en la entrada. “S’il vous plaît, Monsieur, où est la porte Concorde?” A lo que él, negro y robusto, nos contesta: “Dans quelle langue vous parlez bien?” Mi hijo se queda sin palabras (en ninguna lengua) y a mí me entra la risa. “En español”, le contesto. “Ah, bueno, entonces la puerta Concorde está al final de este pasillo a la derecha”, nos contesta en español con un fuerte acento cubano.

A mí la risa me duró un cuarto de hora. Tiene bemoles que el que me vaya a decir que hablo fatal francés sea un no nativo y de origen lingüístico español para más ínri.