El idioma que hablamos, sobre todo cuando hablamos más de uno, tiene tantas implicaciones, está tan lleno de matices, afectos y complicidades, que su elección supone ya un significado. He escogido esta cita porque creo que lo expone muy bien.

“-¿Podrías quitarte los auriculares? -le pidió su madre.

Se lo dijo en pastún. A Mehran le encantaba que le hablara en su lengua. Para la vida diaria, Shibeka prefería el sueco. Lo hacía por el bien de sus hijos. Era una de sus reglas. Pero ahora le estaba hablando en pastún y Mehran sabía por qué. Era el idioma que solía utilizar cuando quería que la entendieran bien. Su voz parecía más suya en pastún. Más verdadera. Más de madre. Mehran se quitó los auriculares con desgana, pero no pudo deshacerse de la rabia.

-Entiendo que estés enfadado -dijo con suavidad-. Pero tienes que comprender que no he querido hacerte daño. No sabía cómo decírtelo.

Mehran la miró. Cuando abrió la boca para hablar, le salió un tono enfadado.

-¿Por qué no podemos hablar todo el tiempo en pastún? Su madre pareció asombrada. No se esperaba esa pregunta.

-Me parece bien que hablemos en sueco. Vivimos en Suecia.

-Pero no somos suecos, aunque tú parezcas creerlo.”

 

Hjorth & Rosenfeldt: Muertos prescindibles