¿Quién creen ustedes que es el absoluto protagonista estos días? ¿Puigdemont?, ¿Rajoy? No, es el lenguaje, porque ¿son los catalanes independientes a estas alturas? ¿Lo fueron por 10 segundos y ya no lo son? Cada uno tiene su interpretación de un discurso (bien breve, por cierto) que fue un sobresaliente cum laude de la ambigüedad, una de las características del lenguaje. La lengua está llena de recursos para ser ambigua, para decir sin decir, para dar a entender, inducir o sugerir un significado sin enunciarlo expresamente.

“Con los resultados del 1 de Octubre, Cataluña se ha ganado el derecho a ser un estado independiente” -decía el presidente Puigdemont- y proseguía: “Asumo el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un estado independiente en forma de república”. No decía declaro sino asumo el mandato del pueblo y también: “Propongo que el Parlamento suspenda los efectos de la declaración de independencia…”. Puigdemont hizo auténticas filigranas con las palabras, tanto que el propio Gobierno español le pregunta  “¿Ha declarado usted la independencia?, porque no le hemos entendido, responda usted sí o no”.

Me recuerda esa genial y famosa cita de Alicia en el país de las maravillas:

“-Cuando yo uso una palabra -insistió Humpty Dumpty- quiere decir lo que yo quiero que diga… ni más ni menos…

-La cuestión -insistió Alicia- es si puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién manda… eso es todo”.