Les traigo aquí esta cita porque cuando la leí me dejó fascinada. Cómo se puede describir a alguien de una manera tan precisa y colorida que aparece ante nuestros ojos en todo su esplendor, en toda su decadencia. Vemos a esta mujer espléndida y marchita en tres dimensiones. Es como uno de esos retratos magníficos en los que se consigue atrapar el alma.

“Después de la fiesta anual de la Residencia de Estudiantes (unas mil doscientas personas), nos fuimos a tomar tranquilamente una caña en José Luis, uno de los bares históricos de la calle Serrano. Vimos allí a una mujer única. Entre sus ochenta años y la gente, había extendido una cortina de maquillaje, pintalabios y sombra de ojos que tenía el único propósito de hacer que aparentara cuarenta, con el resultado desafortunado de que se le echaban lo menos cientoveinte. ¿Quién era, o mejor, quién había sido? Su no-pelo, teñido de un rojo granada, estaba cardado de tal modo, que subía sus buenos treinta centímetros, No obstante su volumen engañoso, era tan escaso que se le veía la forma de la calavera y se le podía contar pelo por pelo. Más que cabellera, se parecía a un plantío forestal. Cómo había logrado meter su cuerpo en aquella falda de plesiglás rojo era uno de esos misterios que saben guardar para sí las mujeres coquetas. La blusa, sin mangas y no menos ceñida, dejaba al aire dos magníficos perniles blancos, y para mostrarlos altanera al mundo, se había subido a unos coturnos de un palmo. Así descrita podría tenérsela por un monstruo, pero había algo en ella delicado, incluso precioso, cómo miraba, cómo le sonrió al camarero cuando este volvió a llenarle el vaso, y cómo le devolvió la sonrisa el camarero, un muchacho joven muy guapo, que hablaba con ella de vez en cuando como lo hubiera hecho con una abuela simpática. Le dije a mi amigo que me gustaría ir allí otro día, a la misma hora, por si quería contarme su vida. Le diría: he estado observándola y es usted una persona especial, no se parece a ninguno de los que estamos aquí, cuénteme su vida. Entonces ella me diría: “Mi vida no tiene nada de especial”; o por el contrario, “ah, si yo le contara… mi vida daría para una novela”. Es decir, que no soltaría prenda.”

Andrés Trapiello: Mundo es