Hay un ejercicio escalofriante y conmovedor que procuro hacer de vez en cuando: tratar de mirar el mundo con los ojos de mi hijo. Contemplar la turbulencia de su futuro, la inseguridad del presente y el desquicie del pasado. Seguramente es una tarea vana porque no es fácil ponerse en el lugar del otro, ponerse en sus zapatos que dicen los ingleses, pero ese ejercicio ayuda a ser menos severo con él.

Es en parte lo que consiguen las películas, las novelas… que comprendamos comportamientos y sentimientos que nos son ajenos. A veces solo identificándonos con un personaje de ficción, con el protagonista de una película, podemos comprender cómo se sienten un homosexual o una persona sin techo.

Trato de comprender que mi hijo se levanta y tiene que cumplir unas normas, como todos, pero para él no tienen un objetivo como lo tienen para los demás. Uno va a trabajar porque espera cobrar a fin de mes y con ese dinero pagar la hipoteca, la comida, el cine, la gasolina y las vacaciones. Pero, ¿a qué aspira mi hijo?, o lo que es más inquietante aún, ¿existen aspiraciones para él?, ¿o son solo aspiraciones de los demás?

Hay un película española, “La herida”, que me ayudó mucho en la tarea de comprender qué difícil es para algunas personas llevar a cabo lo que para otros es simple rutina. Si tienen oportunidad, véanla, no les defraudará.