“No es un juego sino una política, la de nombrar. Esto es lo que Julie Peteet intenta demostrar en el texto que yo leo sobre la mesa de la cocina (quiero evitar que, en la distracción de la lectura, se me queme la comida). Peteet retrocede a los primeros años del siglo XX y descubre que los sionistas más sagaces comprendieron que era indispensable transformar el lenguaje. Fundar un espacio exigía hacer desaparecer el pasado (el propio y el ajeno) borrando los viejos nombres e instituyendo nombres nuevos. Antes y después de la fundación de Israel hubo instituciones consagradas a la delicada operación del recambio semántico: instituciones que portaban sin disimulo en su membrete el verbo nombrar y el sustantivo lugar porque eran comités destinados a bautizar los viejos lugares para fundar y consolidar el nuevo espacio y poder otorgarse “derechos originarios” sobre el territorio. Esa empresa del nombrar debía articular, para un pueblo tan diverso como el judío, la ficción de un retorno al origen y de un futuro de unidad en la que los nombres iban a señalizar un nuevo recorrido.

La fundación léxica del Estado de Israel tuvo tres puntos de apoyo. Punto Uno. La revitalización del hebreo clásico, una lengua casi muerta o solo viva en rituales religiosos, en una versión nueva que se impondría sobre el árabe y el yiddish y el ladino y las demás lenguas habladas por judíos de diversa procedencia: el hebreo moderno le conferiría una identidad lingüística única a los judíos-israelíes. Punto Dos. La hebraización de los nombres para señalar que se abandonaba, que se rechazaba incluso, el pasivo estoicismo del viejo judío europeo victimizado por los nazis y se adquiría la fortalecida identidad del nuevo-judío-israelí. David Gruen se volvería Ben Gurion, Ariel Sheinerman tomó el apellido de Sharon, y Golda, nacida Mabovitch, fue Meyerson por matrimonio y luego adoptó el Meir israelí: los judíos que adoptaron la nueva nacionalidad y los que después nacieron en Israel adoptaron una nueva identidad que tomaría el apelativo de sabra (cactus, en hebreo) en alusión al carácter espinoso y resistente de esta planta del desierto, y a su interior tierno. Punto Tres. El desnombrar y el consiguiente renombrar zonas, barrios y calles suprimiendo sus designaciones anteriores, en árabe, estableciendo una afirmación ideológica de propiedad y un reclamo sentimental de pertenencia. Esa amplia política del nombrar vendría aparejada de leyes y decretos y documentos oficiales y sellos de tinta timbrados dentro de pasaportes que instalarían, en el sucesivo golpeteo de los timbres, el dominio israelí en el imaginario colectivo haciendo difícil su posterior erradicación.”

 

Lina Meruane: Volverse Palestina