Hay días absurdos, lluviosos y amargos en los que parece que no nos deberíamos haber levantado de la cama. Días que podríamos haber dejado sin vivir. Así que, como hoy es uno de ellos, me voy a parapetar detrás de esta preciosa cita de Trapiello (y de ese no menos maravilloso cuadro), y voy a esperar a que el día acabe y no se acuerde de que yo sigo aquí.

“Caminábamos despacio. La mujer nos iba contando con un habla encantadora (en Jerez los aristócratas se precian de hablar un castellano apenas pellizcado por los acentos andaluces) las partes de aquella vasta propiedad, patios silenciosos, metafísicos… Los pósitos donde tienen metidas las botas o cubas son impresionantes. Al estar todo aquello en silencio y vacío, las palabras tenían un realce especial, como una sombra que no llegaba a ser eco. Los suelos, de tierra apretada con pisones, estaban barridos concienzudamente, y los setos parecían rapados con cartabón y regla. Había un pabellón de estructura férrea, hecho por Eiffel, y el moderno, obra del ingeniero Torroba, de hormigón armado, preciosos los dos, cada uno en su estilo.

Salí de allí sabiendo que se le dice solera a las cubas que están en el suelo, a donde llegan, trasegados, los caldos de las que están sobre ellas, a veces hasta el techo, en verdaderas construcciones de zigurat.”

 

Andrés Trapiello: Mundo es