Yo lo ignoraba todo sobre las enfermedades mentales, pensar en un loco me traía a la mente imágenes como el cuadro de Picasso, me daba miedo. Una persona loca era para mí algo así como un tigre, algo de lo que huir. Nunca pensé que llegaría un día en el que los enfermos mentales me inspiraran simplemente compasión, en el que fuera capaz de hablarles y escucharles con naturalidad.

He leído Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, con el alma en vilo, deslizando los ojos con prisa por sus líneas, absorbiendo cada palabra, cada imagen… Es un libro magnífico que les recomiendo. Esta cita, sin embargo, me dejó clavada porque estaba describiendo un paisaje que yo conocía, era igual que un Centro de Salud Mental en el que estuvo ingresado mi hijo unos meses, un lugar desolador en el que dejar a alguien que quieres era sumergirte en la tristeza y el dolor.

“Durante las visitas que pronto me autorizaron a realizar (…) descubrí una forma de miseria y abandono cuya existencia ignoraba. Tras una lectura, me había preguntado por el sentido exacto de la palabra desamparo, la había buscado en el diccionario. Aquello me ofreció un ejemplo. Allí, hombres y mujeres se arrastraban por pasillos excesivamente caldeados, pasaban días enteros ante un televisor mal sintonizado, se balanceaban sobre las sillas o se refugiaban bajo mantas que no tenían gran cosa que envidiar a las de las prisiones. Algunos llevaban allí años, sin otra perspectiva, porque constituían un peligro para ellos mismos o para los demás, porque no había otro sitio donde meterles, porque sus familias habían renunciado desde hacía mucho tiempo. Tras esas visitas, atormentada por ese ambiente, escribía sobre las puertas cerradas detrás de mí, el tintineo de los manojos de llaves, los enfermos que erraban por los pasillos, el ruido de los transistores, esa mujer que repetía Dios Mío, por qué me has abandonado, ese hombre que pedía un cigarrillo a cualquiera que entrase en su campo de visión, hasta diez veces seguidas, esos cuerpos mecánicos, desarticulados, esas carnes reblandecidas por la inactividad y el aburrimiento, esas miradas fijas, esos pasos arrastrados, esos seres a los que nada parecía poder sacar de ahí y a los que las medicinas impedían gritar”.