“Mis dedos recorrían los estantes, acariciaban las tapas, sus texturas tan diferentes unas de otras. Recitaba en silencio los títulos que leía. La señora Economopoulos me observaba sin decir nada, pero cuando me detuve ante un libro en particular, intrigado por su título, me animó:

-Llévatelo, estoy segura de que va a gustarte.

Aquella noche, antes de irme a la cama, cogí una linterna de uno de los cajones del escritorio de papá y debajo de la sábana comencé a leer la novela, la historia de un viejo pescador, de un muchachito, de un gran pez y de una manada de tiburones… Conforme leía, mi cama se transformaba en bote, oía el chapoteo de las olas golpeando contra el borde del colchón, olía la brisa marina y sentía el viento que empujaba la vela de mi sábana.

Al día siguiente le devolví el libro a la señora Economopoulos.

-¿Ya lo has terminado? ¡Muy bien, Gabriel! Voy a prestarte otro.

Esa noche oí el ruido de los aceros que se cruzaban, el galope de los caballos, el roce de las capas de los caballeros, el frufrú del vestido de encaje de una princesa (…).

Cada vez que le devolvía un libro, la señora Economopoulos quería saber qué me había parecido. Yo me preguntaba de qué le serviría saberlo. Al principio le contaba brevemente el argumento, algunas acciones significativas, los nombres de los lugares y de los protagonistas. Veía que ella estaba contenta y, sobre todo, yo tenía ganas de que me prestara otro libro para irme a mi habitación a devorarlo.

Pero luego empecé a decirle lo que sentía, las preguntas que me hacía, mi opinión sobre el autor o los personajes. De esa manera seguía saboreando el libro, prolongaba la historia. Tomé la costumbre de visitarla todas las tardes. Gracias a las lecturas, derribé los límites del callejón, respiré de nuevo, el mundo se extendía a lo lejos, más allá de las vallas que nos encerraban en nosotros mismos con nuestros miedos. Ya no iba al escondite, ya no tenía ganas de ver a mis amigos, de oírlos hablar de la guerra, de ciudades muertas, de hutus y tutsis. Me sentaba con la señora Economopoulos en su jardín, bajo una jacarandá. Ella servía té y bizcochos calientes en la mesa de hierro forjado. Hablábamos durante horas de los libros que me ponía en las manos. Descubrí que podía hablar de infinidad de cosas que estaban escondidas dentro de mí y cuya existencia ignoraba. En aquel rincón frondoso, aprendí a identificar mis gustos, mis deseos, mi manera de ver y de sentir el universo.”

Gaël Faye: Pequeño país