He pasado unos días consultando bibliografía sobre Manuel de Larramendi con vistas a escribir un post sobre él y su trabajo y me encontré con un estudio en el que se hablaba de la celebración en Euskadi de unos llamados Juegos Florales que, a partir de 1854, se convocaron durante más de treinta años. En ellos hay concursos literarios pero hay también uno muy curioso: el concurso de neologismos. Según dicen las crónicas, este se declara desierto la mitad de las veces por falta de concursantes, pero a pesar de ello sigue convocándose año tras año.

Lo que se pedía y premiaba en estos concursos era la presentación de “voces técnicas o facultativas, creadas con arreglo a los principios de la etimología vascongada, y con raíces en esta lengua, para designar principios, objetos o invenciones que no tengan nombre en este idioma”. Es decir, neologismos que doten al euskera de voces cultas y de tecnicismos creados a partir de raíces supuestamente propias que de otra manera habrían de ser tomados, como en la mayoría de las lenguas, del griego o del latín. Literalmente, no tenemos suficientes palabras para los nuevos tiempos, inventémoslas y que sean nuestras.

En estos concursos de neologismos fue fundamental el influjo de Manuel de Larramendi. Él había creado multitud de palabras en su Diccionario Trilingüe, y a partir de ahí los concursantes lo mismo imitan sus procedimientos como componen palabras derivadas de sus términos. Lo que no he llegado a descubrir todavía (muy importante) es cuántos de estos neologismos conservamos hoy en día. Prometo retomar la cuestión.