“No sé en qué momento el inglés reemplazó el español. No sé si lo reemplazó realmente, o si más bien adopté el inglés como una especie de vestimenta que me permitiera ingresar y moverme con libertad en mi nuevo mundo. Apenas tenía diez años, pero acaso entendía ya que una lengua es también una escafandra.

Días o semanas después de haber llegado a Estados Unidos -a un suburbio en el sur de Florida llamado Plantation-, y casi sin darnos cuenta, mis hermanos y yo empezamos a hablar sólo en inglés. A nuestros padres, quienes nos seguían hablando en español, ya sólo les contestábamos en inglés. Sabíamos un poco de inglés antes de salir de Guatemala, por supuesto, pero un inglés rudimentario, un inglés de juegos y canciones y caricaturas infantiles. Fue mi nueva profesora en el colegio, miss Pennybaker, una mujer muy joven y muy alta que corría maratones, quien mejor entendió lo esencial que era apropiarme rápidamente de mi nueva lengua.

El primer día de clases, ya en mi uniforme azul y blanco de colegio privado, miss Pennybaker me paró ante el grupo de niños y niñas y, tras guiarme en el juramento de lealtad a la bandera, me presentó como el nuevo alumno. Luego les anunció a todos que, cada lunes, yo daría un breve discurso sobre un tema que ella me asignaría el viernes previo, y el cual yo debía preparar y practicar y memorizar durante el fin de semana. Recuerdo que, en esos primeros meses, miss Pennybaker me asignó dar discursos sobre mi postre favorito (nieve de mandarina), sobre mi cantante favorito (John Lennon), sobre mi mejor amigo en Guatemala (Óscar), sobre lo que yo quería ser de grande (vaquero, hasta que me caí de un caballo; doctor, hasta que me desmayé al ver sangre en un programa de televisión), sobre uno de mis héroes (Thurman Munson) y sobre uno de mis antihéroes (Arthur Slugworth)…”

 

Duelo, de Eduardo Halfon