“Casi nadie se para a pensar en el diccionario que utiliza: el diccionario solo es, como el universo. Para algunas personas, la humanidad recibió el diccionario ex coeli, un tomo sagrado forrado en cuero, cuya verdad y sabiduría son tan infalibles como las de Dios. Para otras, el diccionario es algo que se ha comprado en la mesa de gangas, en carboné y por un dólar, porque un adulto debe tener un diccionario. Ninguno de los dos grupos se da cuenta de que el diccionario es un documento humano, compilado, revisado y actualizado constantemente por personas vivas, reales y desmañadas. En el modesto edificio de ladrillo de Springfield* hay unos veinte individuos que dedican la semana laboral solo a hacer diccionarios: tamizan el idioma, lo categorizan, lo describen, lo alfabetizan. Son fanáticos de las palabras que se pasan casi toda la vida escribiendo y revisando definiciones, reflexionando sobre adverbios y quedándose lenta e inexorablemente ciegos. Son lexicógrafos.”

* Se refiere al edificio de la empresa Merriam-Webster, la editorial de diccionarios más antigua de los Estados Unidos, sita en Springfield, Massachusetts.

 

Kory Stamper: Palabra por palabra. La vida secreta de los diccionarios