Me escribes “ola ama” y yo te contesto “hola hijo” y luego nada más, el silencio, y no pregunto más, no te llamo, cada vez un poco más fácil no buscarte, cada vez más fácil acostumbrarse a la intemperie. Debes de estar en algún apuro porque un día más tarde me llega un recado tuyo, “si habláis con mi madre dadle recuerdos”, me dicen que has dicho. Se ve que no te atreves a llamar pero quieres que sepa de tu infortunio. Qué palabra tan bonita infortunio, ‘Situación transitoria de la persona que padece persecuciones, que se encuentra sin medios de vida o ha experimentado una pérdida material o afectiva muy grande’, dice María Moliner en su diccionario.

Y recibo tus recuerdos y vuelvo a pensar debe de estar mal, puesto que me toca en el hombro de esa manera. Y han sido tantas y tantas las situaciones, tantos y tantos los momentos de infortunio mutuo que ya no creo que pueda hacer nada. Finalmente comprendo que debo dejar que las cosas sucedan y esperar, o incluso no esperar, seguir, seguir viviendo.