Hacía mucho tiempo que no leía a Andrés Trapiello -nos tiene abandonados a los lectores de sus diarios- y encontrarme de nuevo con su prosa ha sido como volver a casa después de un largo viaje. Había olvidado cuánto me gusta, quizás es un mecanismo de defensa para no notar tanto la ausencia. Traigo aquí una cita que es un despliegue de palabras (las que le debe a su madre y muchas más), es un párrafo en el que las palabras salen y se esparcen en el aire como fuegos artificiales.

“Se llamaba buhonero al que comerciaba en buhonería, o sea, en cosas menudas, hilos, agujas, botones, mercerías, y se le llamaba así porque antiguamente se hacían acompañar los buhoneros de un búho, a modo de muestra o reclamo, igual que los titiriteros llevan siempre consigo un mono o un oso; o una cabra, si son pobres. Baroja recuerda, hablando de los pliegos de cordel, que en Francia vendían esa literatura de comportase los buhoneros, y la recitaban por los pueblos.

El Rastro está lleno de esa clase de mercancías insignificantes y de quienes las pregonan y venden, aunque ya no se les llame buhoneros, sino rastristas, almonedistas, chamarileros, prenderos, chatarreros, traperos, barateros, aljabibes, zarracatines, regatones, ganguistas, poquiteros. La imagen poética de todos ellos se resume en la de las espigadoras, que recogían lo que los segadores iban dejando tras de sí. Millet tiene un cuadro maravilloso con ese tema que conmovía a Van Gogh”.

Andrés Trapiello: El Rastro