Veo un episodio de “La Amiga Estupenda”, la serie basada en los libros de Elena Ferrante, y hay una escena que parece sacada de mi propia vida. Lenú y sus padres están sentados en la cocina de una casa pobre. La madre se dirige a la hija y le dice que no va a seguir estudiando, que no tienen dinero. El padre, la cabeza baja, dice que bueno, ¿seguro que no pueden? A Lenú le gusta estudiar, es lista y muy trabajadora. La madre repite que no, que no se lo pueden permitir y que además ella necesita ayuda en casa.

Otro tanto debió de suceder en la cocina de mi casa, cuando mis padres, sobre todo mi madre, como la de Lenú, decidió que no iba a seguir estudiando. Debía yo de tener unos 10 años, era el momento de empezar el bachiller. Mi madre argumentaría que no había dinero, mi padre debió de callar y así, un atardecer cualquiera, se decidió que dejara el colegio y me quedara en casa.

A los 20 años me apunté al Graduado Escolar con un poco de desgana, me interesaban más los novios que los libros, pero algo le vi yo a eso de aprender que conseguí tener tiempo para ambos. Y llegué al doctorado y al primer hijo al mismo tiempo.