Una mujer de trato franco, una señora distinguidísima que llega a sus últimos años sin nada porque se ha gastado toda su fortuna viajando. Creo que eso es lo que quiero ser cuando sea mayor, más mayor, quiero decir.

“Mi amigo, porque lo tengo por tal, recorre la ciudad buscando lugares en los que aprovisionarse para su negocio. Esos gitanos son sociólogos intuitivos, conocen los buenos barrios de Madrid y saben que en todas las casas buenas hay buhardillas y desvanes llenos de cosas de las que sus propietarios podrían desprenderse. A veces también de aquellas que siguen en sus propias viviendas. Un día descubrió a una anciana sentada en un banco en la calle. Se sentó a su lado, y permaneció unos minutos en silencio. Al rato, y sacando una tarjeta de visita que le tendió a la mujer, la abordó de una manera discreta: “Excúseme usted, señora. ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿Le molesta que la hable?”. La mujer, que era de trato franco, le dijo, uy no, diga usted. Le contó que se dedicaba a comprar antigüedades, como figuraba en su tarjeta, y le pedía que si ella o alguien que ella conociera quería desprenderse de muebles, objetos, libros, abanicos, cachivaches, estilográficas, bibelots o lo que fuera, él era la persona indicada. “¡No tenía nada! Fui a su casa, vivía en la calle Valverde y en su casa no había nada. Se había jubilado y se había gastado todo, absolutamente todo, viajando alrededor del mundo. Era una hija del doctor Gregorio Marañón, y no le quedaba nada, nada”… No la juzgaba, ni mucho menos, por ello. Al contrario, para él era un enigma que a aquella mujer no le hubiera asustado quedarse sin nada con lo que arrostrar la vejez: “Era una señora distinguidísima, un ángel…”, resumió mi amigo, y concluyó: “¡La historia que no tendría aquella mujer!”.

Todos somos sensibles a las historias, porque las historias son lo único que queda. Así viene sucediendo desde Homero.”

Andrés Trapiello: El Rastro