Llegamos al cementerio antes de la hora prevista para el entierro. Hace mucho frío (¿alguna vez hace calor en los cementerios?) y el ambiente destila humedad. Un hombre se pasea inquieto por la puerta. Nos dice que tiene otro entierro en Lesaka a las 12 y que no le va a dar tiempo de llegar, que está llamando al cura pero que no le coge el teléfono. Nos urge para que empecemos pero no hay nada que nosotros podamos hacer. Llega el coche fúnebre y el hombre se tranquiliza. Coge sus herramientas, las tablas con las que rodará la sepultura y las cuerdas y se dirige al panteón. La familia pregunta dónde esta el cura y alguien dice que no, que no hay cura.

Vamos formando un grupo en torno al panteón tratando de dar un poco de calor a tus hijos, tía. Algunos hombres ayudan al enterrador pues es imposible que él solo baje el ataúd y luego ponga la lápida encima. Nos envuelve el silencio mientras pensamos el frío que tiene que hacer ahí abajo. Tu consuegra sugiere que recemos un padrenuestro puesto que no hay cura y así lo hacemos. Para mi sorpresa todavía me acuerdo y lo recito contenta de sumar mi voz a las demás.

Y así te hemos despedido, tía. Mi primer recuerdo de ti es de cuando todavía no eras mi tía. Yo debía de ser muy pequeña cuando el tío Santi iba a verte a Bera y sus hermanos, incluida mi madre, le tomaban el pelo diciéndole: “Santi, ¿vas a Vera a ver a la novia?”. Y esa novia eras tú. Gracias, tía, por tantos años de sonrisas.