Mi madre dijo el otro día una palabra que me transportó en el tiempo en un instante: “Hija, estoy muy fulastre”. Y ese fulastre era un término muy suyo que hacía mucho tiempo que no oía.

Pensé que de alguna manera las palabras contienen nuestra vida, construyen nuestros recuerdos y se cuelan en nuestros sentimientos. No sé si fulastre está en el Diccionario de la RAE, no sé de dónde viene ni a dónde va y tampoco me interesa. Son datos que nada tienen que ver con el significado que tiene para mí, me da igual si se usa aquí y no allá, o viceversa.

Fulastre será el tiempo cuando ni hace bueno ni caen chuzos de punta, fulastre es el aspecto de alguien que no está  bien, fulastre será una de tantas palabras que, como decía Andrés Trapiello, le debe uno a su madre. Una palabra que no he transmitido a mis hijos, pero habrá otras que ellos algún día oirán y pensarán que era una palabra que decía su madre y que cuánto tiempo sin oírla y, como si fuera una fragancia en el aire, les evocará algún momento de su niñez.