“Los mulos se acabaron y las cuadras están desiertas y sin rumores de piensos. Dos quedan para muestra. A los álamos blancos del Sotillo se los ha cargado el regadío porque estorbaban y el viejo Ojiblancar tiene sucesor en unos plantones nuevos y apretados que crecen que da gusto. No quedan ni bieldos, ni barcina, ni ninguno de aquellos instrumentos de verano que hacían vivas las eras. Apenas si sus nombres se conocen. En menos que canta un gallo las cosechadoras arramplan con un trigal y como quien no quiere la cosa en un santiamén no dejan caña con cabeza. Pero en las cosechadoras el canto es difícil.

“Hay muchos cortijos abandonados cayéndose. El campo se ha quedado más solo, las yerbas ignoradas tienen nombre para los herbicidas implacables, abejas y abejarucos se refugian donde pueden contra enemigos comunes, las herrizas son más que nunca lugares donde la hermosura se acoge y la libertad reina, los chaparros, ya encinas, esperan estremecidos a la primavera. Golondrinas, vencejos y tórtolas siguen tornando y anidan en olivos apartados o techos de cortijos en abandono.”

Muñoz Rojas, José Antonio: Las cosas del campo