“¿Dónde están ya las olas de ayer sobre la playa? Eran como un dulce gemir en medio de la noche, con la bahía llena de esas fúnebres bujías que duplican el mundo. Fue sólo ayer y parece que nunca sucedió. Te levantaste a las seis de la mañana, después de haberte acostado a las tres, miraste por la ventana del hotel y viste ese mundo. Por el paseo marítimo, vacío, con la desolación de las farolas y su reflejo sobre el asfalto tranquilo, venía corriendo uno de esos que hacen futin. Al correr dejaba en el aire el vaho de su respiración, como un caballo que marchase al trote. Del mar subían también vaharinas de niebla. Era precioso verlo. Los bajos del edificio del Club Atlético, donde tienen unos gimnasios, estaban encendidos con esos neones que arrojan una luz enharinada y cochambrosa. El alero de nuestro hotel estaba en el asfalto, en los lavajos endémicos de esa calle. Creíste ver una sombra también allí dentro, alguien que hacía unos violentos ejercicios gimnásticos. Era un charco de luz. Luego nada, la claridad turbia sobre la arena de la playa. Cuando volviste a mirar hacia el paseo, el atleta había desaparecido.”*

¡Cuántas veces no habrá una corrido por ese paseo! Y otras tantas se habrá contorsionado en ese Club Atlético que se menciona, con esas luces esmirriadas. Y jamás fui ni remotamente capaz de escribir unas líneas tan evocadoras como las de Trapiello. Él llega, se instala en el hotel, echa un vistazo y aferra la realidad plasmándola en unas líneas que te dejan diciendo: y si todo esto lo he visto yo antes, ¿por qué no he sido capaz de describirlo así? ¿por qué, eh? ¿por qué?

*Trapiello, Andrés: Siete moderno