Creo firmemente que el nombre que se le pone a las cosas es muy importante, casi fundamental. Me refiero en este momento, no al nombre que nos ponen a cada uno, aunque para el Ernesto de Oscar Wilde era vital, sino al nombre con el que denominamos un movimiento social.

Viene esto a cuento de “La revolución de los paraguas”, que me parece un nombre precioso, y que se refiere a los paraguas con los que los manifestantes de Hong Kong empezaron a defenderse de los gases que lanzaba la policía. El nombre me recuerda a aquel magnífico también “La revolución de los claveles” que une (como en el caso de los paraguas, también) dos significados tan dispares en una sola frase: “revolución”, un término con tintes de disturbios, de lucha, de incertidumbre y “claveles” o “paraguas” que se refiere a dos objetos cotidianos totalmente inofensivos.