Las abreviaturas de los nombres propios son frecuentes, pues el nombre de alguien cercano es una palabra que repetimos tan a menudo que lo lógico es que lo acortemos. A Teresa le llamamos Tere (o Maite en el País Vasco), a Javier, Javi (o Xabi) pero ¿a Francisco, Paco?, ¿de dónde sale este término? He encontrado la respuesta en el Diccionario del origen de las palabras, de Alberto Buitrago y J. Agustín Torijano (curioso que ninguno de ellos se llame Paco), y dice así:

“Durante la Edad Media (…) era normal que los copistas medievales escribieran, por ejemplo, Phranciscus o Phrancisco, y más considerando que utilizar el grupo ph y otros helenismos otorgaba un cierto prestigio cultural. (…) Como el material sobre el que se escribía -pergamino, piel, papel…- era muy caro y exigía una ardua y costosa preparación previa, los amanuenses se veían obligados a utilizar abreviaturas siempre que fuera posible, sobre todo en los nombres propios, de más fácil identificación para el lector, y así Phrancisco acabó siendo Phco. o Pco., igual que hoy lo convertimos en Fco. Bastaban una errónea transcripción, una mancha de tinta, un mínimo despiste o la necesidad de introducir una vocal para poder leer las ilegibles formas Phco. o Pco., para llegar primero a *Phaco y más tarde a Paco”.

En esta tradición de abreviar nombres tengo mi pequeña historia, pues le puse a mi abuela un nombre por el que se hizo llamar por todos sus nietos. Aquí la razón no fue la economía de materiales, como en la Edad Media, sino el hecho de que le gustara más el nombre que le puse, Maita, que el que le correspondía, abuela. Y fue también cuestión de acortar un nombre que yo no sabía decir: “Margarita”. Tengo mi mérito porque mi abuela se llamaba Felisa.