Cuando Valeria Luiselli empezó a trabajar en la corte de inmigración de EE. UU. como traductora voluntaria de los niños inmigrantes, estaba escribiendo una novela que tuvo que dejar para escribir un ensayo que diera voz a esos niños y que tituló “Los niños perdidos”. No fue, sin embargo, suficiente desahogo para su rabia y su frustración y un tiempo más tarde decidió volcarlo todo en una novela. Esta novela fue finalista del prestigioso Premio Booker. Es un texto ambicioso, 460 páginas que hablan de tristeza, desarraigo, pérdida, frontera, amor… La novela fue escrita en inglés y ha sido traducida al castellano por su autora y por Daniel Saldaña.

Desierto sonoro es un derroche de literatura que mezcla en sus páginas ficción y realidad. Una pareja emprende un viaje sin retorno con sus hijos desde Nueva York hasta Arizona. Ambos son documentalistas o documentólogos sonoros, es decir, se dedican a grabar los sonidos de un determinado lugar. Él viaja en busca de las huellas de los apaches, ella va en busca de los niños perdidos, los niños que cruzan la frontera de México solos y más concretamente, busca dos niñas que son hijas de su amiga Manuela y que están perdidas.

Sus hijos, un niño y una niña de 10 y 5 años, son hijos respectivos digamos, el niño es hijo de un matrimonio anterior de él, la niña es de ella, pero todos viven y sienten que son una familia: él es el padre, ella la madre y los niños, los hijos, más allá de la genética. Abandonan Nueva York cuando la pareja ya está sumida en el desamor y el silencio, extraña paradoja, ellos que buscan sonidos.

Desierto sonoro es un libro complejo, con varios niveles de lectura y de reflexión. Tiene dos narradores diferentes, la historia está contada a dos voces. Es una novela extraordinaria, literatura con mayúsculas, una obra que nos interpela y nos ayuda a hacernos las preguntas adecuadas, que habla de nosotros como pueblo, como padres, como niños y como ciudadanos de este vasto mundo.