El hermano menor de Daniel Mella murió en el verano de 2014, a los 31 años, sumiendo a su familia en la tristeza y la desolación. Alrededor de esa muerte, Daniel Mella escribe una novela que se inscribe en lo que algunos han dado en llamar literatura de autoficción. Es una historia sobre el dolor, evidentemente sobre la muerte, pero también sobre las relaciones familiares, la culpa, lo que pudimos haber hecho y no hicimos. Cada uno de nosotros reacciona de forma diferente a la muerte, además de que todo cambia según la relación que nos una con la persona fallecida. No es lo mismo ser la madre o el padre que uno de los hermanos. No es lo mismo ser la novia que un compañero de aventuras.

El narrador y autor, Daniel, cuando sucede la muerte de su hermano Alejandro, está sufriendo por la separación de su mujer, la Negra, que ha empezado una relación con otro hombre. Este dolor que le parecía infinito se interrumpe de repente ante la muerte del hermano. Toda la familia se recoloca, todos revisan su relación tanto con Alejandro como con los demás. El tiempo narrativo abarca más o menos dos días, los que transcurren entre la muerte de Alejandro y el aventamiento de sus cenizas en el mar, pero bien podría ser toda una vida, tal es la tormenta que se desata en cada uno de ellos. Curioso que Alejandro muriera alcanzado por un rayo en una noche de tormenta.

Hay tensiones en la familia que no se llegan a revelar, reproches a los padres. “Tendría que haber sido yo”, dice Daniel respecto de la muerte de su hermano. “¿Por qué todo tiene que tratarse de vos?”, responde la madre y esto enlaza con el hecho de que la novela trate de su vida, de lo que le pasa a él antes, durante y después de la muerte de su hermano.

Una novela muy bien escrita que se lee en un suspiro y hace pensar.