Algunas tardes de verano mi madre preparaba una bolsa grande con toallas, bañadores, merienda y agua y nos llevaba a mi hermano y a mí a la playa de La Concha. Como vivíamos en Irún, teníamos que ir a la estación, coger un tren y luego llegar a la playa desde la estación de San Sebastián. Hubiera sido más fácil ir a la playa de Fuenterrabia, a escasos cinco kilómetros de Irún, pero para mi madre la playa por excelencia era La Concha y no se hable más.

Nada más llegar a la playa, mi hermano y yo corríamos al agua. Jugábamos a dejarnos llevar por las olas, el cuello bien estirado para mantener la cabeza fuera del agua. Seguramente llevábamos un flotador cada uno, uno de esos redondos que se ponían en la cintura. Allí en el agua, pasábamos la tarde. Cuando el sol empezaba a descender, mi madre se acercaba a la orilla y nos llamaba a gritos para que saliéramos del agua y fuéramos a merendar. La oíamos pero hacíamos como que no para así estar cinco minutos más en el agua. “Como me hagáis entrar…”, ese solía ser el último aviso.

Cuando por fin salíamos teníamos las yemas de los dedos arrugadas como garbanzos en remojo y los dos temblábamos como hojas. Mi madre nos secaba enérgicamente, nos ponía una muda seca y nos daba la merienda. Creo que estas fueron las tardes más hermosas de mi infancia y ese el momento perfecto: mi hermano y yo sentados en la toalla, a la sombra de un toldo que no era nuestro ni de nadie, comiendo el bocadillo de la merienda mientras el sol iba cayendo en el mar muy despacio.