“No entres dócilmente en esa noche quieta” es un título precioso, de hecho es un verso de Dylan Thomas, para una obra que podría ser incluida en ese nuevo género llamado autoficción. Aparentemente es un ajuste de cuentas con el padre, en realidad se trata de hacer las paces con uno mismo. Una vez más, la escritura como una especie de exorcismo que ahuyente los demonios de la culpa.

Ricardo Menéndez Salmón cuenta la historia de su padre y, como en el caso de Elvira Lindo, a través del padre cuenta su propia historia. La del padre es la vida de un hombre que enferma muy joven, sufre una afección cardíaca a los treinta y tantos años, y se convierte primero en un hombre amargado y después en un alcohólico. La enfermedad pasa a ser el marco en el que vive la familia. Todo gira en torno a la enfermedad del padre y en torno al alcohólico amargado en que se convierte. Ricardo es hijo único con lo cual solo están los padres y él, abocado desde muy niño a lidiar con situaciones que no entiende.

El niño y el joven en que se convierte R. Menéndez Salmón quieren huir de ese padre que piensa que se le debe todo por el hecho de estar enfermo, y a la vez se siente culpable por dirigir la mirada fuera de su casa, por querer huir de ese silencio opresivo y deprimente que reinaba en su familia.

En el otoño de la vida del padre, este además enfermó de un cáncer al que, sorprendentemente, hizo frente con coraje y tranquilidad.

Desde muy joven Ramón Menéndez Salmón se ve confrontado con la idea de la muerte, de que su padre puede morir cualquier día. Dice el autor que toda su vida estuvo preparándose para la muerte del padre, que toda la vida pareció inminente esa desaparición y, sin embargo, el padre vivió hasta los 72 años.

Es una novela compleja pero cercana, pues no dejas de tener la sensación de que esa familia triste, con ese niño tan serio, podrían ser tus vecinos.