¿De dónde salen las palabras de una lengua?, ¿quién las inventa?, ¿por qué algunas son tan expresivas y otras no recuerdan para nada al objeto que representan? Como no quiero crear falsas expectativas, ya les digo desde ahora que no tengo respuesta para todas esas preguntas. Al menos no esa respuesta preciosa y completa que me gustaría ofrecerles. Tengo en cambio, la respuesta académica, el conjunto de palabras de una lengua proviene básicamente de tres fuentes distintas:

Están las llamadas voces patrimoniales, que son las palabras procedentes del latín y de las lenguas primitivas. Esas serían las más antiguas, las que llegaron primero, el cimiento sobre el que se edificó la lengua.

Están después los préstamos de otros idiomas, esas palabras que vamos incorporando por muy distintos motivos: porque nuestra lengua no tiene una palabra para ese objeto, por ejemplo, startup; porque la lengua de la que tomamos el préstamo tiene un cierto prestigio y así lo que decimos suena mejor, como por ejemplo, trendy; o bien por buscar un plus de efectividad, de llamar la atención. Y, por supuesto, aunque son los más numerosos, no hace falta que sean del inglés, tenemos zulo, aggiornamento o kimono.

Y por último, están las palabras de nueva creación que la lengua crea con sus medios estructurales propios. Pueden ser a partir de la unión de dos palabras ya existentes: desgarramantas, abrelatas… o pueden estar formadas con prefijos o sufijos: prerrequisito o cervantino

Las tres clases conviven armoniosamente aunque varía mucho la frecuencia de uso que los hablantes hacen de ellas. Y también su longevidad, algunas están para quedarse y otras se pierden más pronto que tarde.