Si mezclas un paisaje áspero con caciques, forajidos y una protagonista solitaria en un pueblo perdido probablemente te salga una película del Oeste. O un libro titulado “La forastera”.

Una mujer independiente y excéntrica regresa al pueblo de sus padres y se instala con sus dos perros en la casa familiar situada a las afueras, junto al río. Sus relaciones se limitan a un par de inmigrantes -un senegalés y un ucraniano- y el cura. Nos podemos imaginar sin mucho esfuerzo que esto en un pueblo no le va a deparar muy buena fama precisamente. La casa familiar está enclavada dentro de las tierras que son propiedad del terrateniente de la zona, Julián Jaldón, cuya familia siempre ha decidido el destino de la comarca. Un día Julián Jaldón aparece ahorcado y a partir de ahí el orden de las cosas cambia.

Se presenta así muy pronto en el relato el que será uno de los temas de la novela: el suicidio. Cuenta Olga Merino que su primera motivación para escribir esta novela fue saber que hay una zona en España, en el triángulo formado por tres pueblos andaluces, Alcalá la Real, en Jaén, e Iznájar y Priego, en Córdoba, donde el índice de suicidios es anormalmente alto. Este dato llamó su atención y quiso escribir sobre ello.

Curiosamente, esta circunstancia, los suicidios repetidos, fue de todo el hilo narrativo la que se me hizo más ajena. Lo que era cierto era lo que menos ensamblaba con la narración, como si la realidad no quedara bien en la ficción.

Olga Merino es una voz muy personal que habla de una vuelta a los orígenes para intentar entender quiénes somos y de dónde venimos, aunque en el camino descubramos secretos que nos habían sido escondidos o realidades que no nos gustan. Y habla también de la conexión con la tierra, de la vida en los pueblos, alejada de esa Arcadia maravillosa que nos gusta imaginar.