«El abogado y escritor Aulo Gelio aclara que los llamados “clásicos” eran la crème de la crème económica, las grandes fortunas, la sangre azul republicana, los ricos hasta la extravagancia que monopolizaban la primera clase. A la literatura, la palabra llegó como metáfora. Con una jerga que trasladaba al arte la obsesión por hacer negocio, algunos críticos decidieron que había autores de primera clase, o sea, fiables y solventes, a los que se podía prestar (atención) y en los que era recomendable invertir (tiempo). En el otro extremo de jerarquía estaban los escritores “proletarios”, los pobres emborronadores de papiro, sin patrimonio ni padrinos. No sabemos si el término “clásico” llegó a tener un uso habitual: aparece en apenas un par de textos latinos conservados. El verdadero éxito de la palabra llegó cuando la rescataron varios humanistas a partir de 1496 y cuando más tarde se extendió por todas las lenguas romances. Durante siglos, ha seguido viva y su uso se ha extrapolado a otros ámbitos. Ya no se aplica solo a la literatura; ni siquiera solo a la creación; para mucha gente, un clásico no es más que vocabulario futbolístico.

«Es cierto que hablar de “clásicos” implica utilizar una terminología de origen clasista, como su propio nombre indica. El concepto nos llega desde una época que lanzaba una mirada jerárquica sobre el mundo, imbuida por arrogantes nociones de privilegio, como casi todas las épocas, por otra parte. Sin embargo, hay algo de conmovedor en el hecho de considerar las palabras una forma -aunque sea metafórica- de riqueza, frente a la siempre avasalladora soberanía de la propiedad inmobiliaria y del dinero.»

Irene Vallejo: El infinito en un junco