Hay momentos que una quisiera atesorar y poder recuperar cuando apriete la nostalgia. Momentos de los que disponer como si fueran el trailer de una película. Cierto que hoy en día se puede grabar todo y volverlo a ver, pero yo hablo de la presencia intensa, de las miradas que se dicen tanto sin necesidad de palabras.

A nuestro amigo apenas le queda un hilo de voz y, sin embargo, tiene el sonido y el abecedario y así nos entendemos. Está delgado como un espíritu, todo su cuerpo afilado, una aguja que apenas se sostiene, pero sus ojos son redondos y grandes, dos luceros con los que distingue el negro del blanco.

Hay personas que han estado en nuestra vida mientras pensábamos que eran personajes secundarios y cuando se van nos damos cuenta de que con ellos se va una parte de lo que somos. Hay personas que son capaces de vivir su vida con coherencia, mejorando las de los demás y sintiéndose bien consigo mismos. Hay personas que parecen vivir con una banda sonora en torno, en este caso era la voz desgarrada y hermosa de Violeta Parra cantando “Gracias a la vida que me ha dado tanto”. Gracias, amigo, por tanto.