«Desde que el lingüista Ernest Klein propuso la etimología, muchos filólogos sostienen que la palabra “Europa” tiene, en efecto origen oriental. La relacionan con el antiguo Erebus, pariente del término árabe actual ghurubu. Ambos significan “el país donde muere el sol”; la tierra del ocaso; Occidente, desde el punto de vista de los habitantes del este del Mediterráneo. En el tiempo que evocan los mitos griegos, la tierra privilegiada de las grandes civilizaciones se extendía por la zona de levante, entre los ríos Tigris y Nilo. En comparación, nuestro continente era un territorio salvaje, el oscuro y bárbaro Lejano Oeste.

«Si esa hipótesis es cierta, nuestro continente tiene un nombre árabe -paradojas del lenguaje-. Intento imaginar los rasgos de la mujer que se llamó Europa -una fenicia; hoy diríamos siriolibanesa, seguramente de piel oscura y facciones pronunciadas, con la melena ensortijada, el tipo de extranjera que en la actualidad despertaría recelos entre los europeos que miran con el ceño fruncido las oleadas de refugiados-.

«En realidad, la leyenda del rapto de Europa es un símbolo. Detrás de la historia de la princesa arrebatada de su hogar, late un lejano recuerdo histórico: el viaje del conocimiento y la belleza oriental desde el Creciente Fértil hacia Occidente y, en particular, la llegada del alfabeto fenicio a tierras griegas. Por tanto, Europa nació al acoger las letras, los libros, la memoria. Su existencia misma está en deuda con la sabiduría secuestrada de Oriente. Recordemos que hubo un tiempo en el que, oficialmente, los bárbaros éramos nosotros.»

Irene Vallejo: El infinito en un junco