«Y recordar, y recordar, siempre que Viviana llega a Barajas recuerda la primera vez, aconteció de noche o en invierno, lo sabe por la tristeza, por esa pena que siempre vuelve cuando regresa de Buenos Aires, recordar cómo le costaba todo el principio, hasta el amor. Vivía en dos planos, en dos idiomas, aunque Viviana había pensado que era uno sólo, que aquí en Madrid todo sería más fácil. Pero no. Por ejemplo: meterse en la cama con alguien de Madrid ¿qué era? ¿coger, follar, fornicar, joder? Coger, tan íntimo antes, tan incomprensible de este lado del Atlántico. Se coge el autobús, se coge a alguien desprevenido, se coge un resfriado. En la cama no se coge, Viviana, a ver si aprendes. En la cama se jo-de.

«Quiero joderte, había dicho él, acompañando su reclamo con un vaho alcohólico, y había atrapado su mano que reptaba sobre el mármol de la mesa del bar intentando esconderse en el regazo. Jo-der-te. Ella cerró los ojos y tradujo: co-ger-te. Fatal. Le sonaba pésimo. Prefería la palabra follar. Pero follar, que a Viviana le sonaba pastoril, revolcarse sobre las hojas, vestirse de pastorcita Vivana, triscar, a sus partenaires les resultaba muy fuerte y lo de fornicar, un cultismo absurdo con ecos de confesionario, un fric-fric como de hormigas copulando (las formicas fornican en el fornicario): sí padre, he formicado ayer también.

«Ese no era más que el primer inconveniente. Más tarde vendrían las sorpresas en el momento menos indicado. “Correrse”, por ejemplo. “Me voy a correr, Viviana, me voy a correr.” ¿Hacia dónde? ¿Justo ahora? (¿cómo se diría aquello en su castellano natal?). Ni qué hablar de la polla y de la pollera. Para Viviana “polla”, aquel mito masculino, aquel galardón, no era más que la lotería o una gallina pequeña, y correrse quitarse de en medio, joder algo muy agresivo, y así sucesivamente.

«En el vórtice de tal torbellino lingüístico, ¿quién es capaz de meterse en la cama con alguien? Todo nos une, pensó Viviana, todo, menos el idioma.»

Clara Obligado: Salsa