“La novela Me alegraría de otra muerte, del escritor nigeriano Chinua Achebe, reflexiona sobre ese conflictivo amor a las letras invasoras. Tras el desembarco occidental y los primeros vislumbres de la aniquilación del mundo milenario en el que nacieron, los personajes de esta historia descubren fascinados la escritura. Al mismo tiempo presienten con dolor que, en manos de los colonos, ese mágico instrumento los despojaría de su propio pasado. La civilización extranjera posee el hechizo para perpetuarse; mientras tanto, el universo indígena se desmorona. “El símbolo del poder blanco era la palabra escrita. Una vez, antes de irse a Inglaterra, Obi había oído hablar con profunda emoción sobre los misterios de la palabra escrita a un pariente analfabeto: Nuestras mujeres antes se hacían dibujos negros en el cuerpo con la savia del uli. Era bonito, pero duraba poco. Si duraba dos semanas de mercado ya era mucho. Pero algunas veces nuestros mayores hablaban de un uli que no se decoloraba, aunque ninguno lo había visto. Hoy lo vemos en la escritura del hombre blanco. Si vas a los tribunales nativos y miras los libros de los escribanos de hace veinte años o más, están todavía como el día que los escribieron. No dicen una cosa hoy y otra mañana, o una cosa este año y otra el que viene. En un libro, Okoye hoy no puede ser Okonkwo mañana. En la Biblia, Pilatos dice: “Lo escrito, escrito está”. Es un culi que nunca se destiñe”.”

Irene Vallejo: El infinito en un junco