Mientras uno es joven, simplemente vive: estudia, se divierte, construye relaciones, piensa en cambiar el mundo. Se esfuerza por progresar y ampliar sus horizontes, todo le interesa. Encuentra un trabajo, conoce a alguien, alquila o compra una casa, tiene hijos… Hasta pongamos los cuarenta todo es posible todavía, se puede pensar que uno sigue on the road, que no ha llegado a la meta. Entre los cuarenta y los cincuenta se transita un terreno resbaladizo, se va perfilando todo lo que podemos llegar a ser, asoma la sospecha de que ya no va a haber sorpresas. Ya no seremos figuras del ballet, ni futbolistas famosos, ni cantantes de rock. La juventud es algo que les que está pasando a otros.

Un día se cruza la frontera y los años que quedan se van contando hacia atrás y son menos que los ya vividos. Entonces, poco a poco y en voz baja, van surgiendo preguntas incómodas y muy difíciles de aceptar. Algunas se refieren al pasado, ¿mereció la pena?, ¿aportó mi vida algo a la de los demás? Otras al presente, ¿cómo encarar la vejez?, ¿con la vista vuelta a lo que fue?, ¿o fingiendo que no hay obscuridad alguna? Y otras al futuro, ¿se puede vivir este tiempo como si importara el futuro?, ¿tengo un futuro que merezca la pena, que me ilusione?

A veces pienso que la vida debería ser vivida al revés, como en aquella película, “El curioso caso de Benjamin Button”, empezar de viejo e ir hacia la niñez, aunque no sé si eso sería mejor, pues en la infancia tampoco tenemos el control de nuestras vidas, pero vivir hacia la nada da mucho vértigo.