Esta cita habla del desconcierto que nos producen las palabras extranjeras aplicadas a los nombres más comunes del propio idioma. Tenemos de tal forma identificada una palabra con el objeto, con la imagen que representa ese término en nuestra cabeza, que el nuevo nombre tarda en asociarse al significante. Siempre me ha gustado mucho ese chiste que termina diciendo “Mira que son brutos estos ingleses que al caballo le llaman horse. Con lo fácil que es decir caballo”.

“El ámbito del vocabulario me parece la mejor inversión para mis recursos. Un objeto identificable posee cierta neutralidad, como Suiza; es un lugar que parece ofrecer la posibilidad del consenso. No me resulta difícil que un sillón sea una poltrona o una alfombra, il tapete. De hecho, casi prefiero llamar al espejo uno specchio, le queda mejor. Esas cosas tan inamovibles crean un pequeño circuito de lenguaje, tan sencillo como un juguete infantil. Vienen y van puntualmente por su vía única; no desaparecen en la inmensidad, entre cumbres brumosas donde los significados se extravían. Puedo recogerlos, sustantivos sólidos de sentido evidente, como gruesas monedas de oro. Puedo almacenarlos e intercambiarlos por bienes. Pido formaggio y me lo dan; pido burro, zucchero, mele y me caen en las manos. Pero a veces no logro evitar la sensación de que la moneda que tengo en la mano es dinero falso, pues hay otras palabras que no parecen reales en absoluto. De algún modo son falsas, no puedo creer que funcionen. ¿Cómo puede una scarpa ser lo mismo que un zapato? Si entrara en una tienda y pidiera un par de scarpe, sin duda me darían un par de aves salvajes o dos pescados llenos de espinas. Además, soy reacia a renunciar al aspecto utilitario de las cosas, a la “zapatidad” de toda la vida que me acompaña en mi propia lengua. ¿Qué será de esas cualidades cuando crucen el oscuro túnel de la traducción? Se perderán como se pierden tantas otras cosas al pasar de una lengua a otra: matices, juegos de palabras, rimas, todo extraviado en el caos general, como los bolsos, paraguas y bufandas de punto que se acumulan en la oficina de objetos perdidos de la estación de enlace de Clapham. Nace en mí un nuevo respeto hacia ese intermediario, el traductor. Ahora comprendo que es una persona opuesta al desperdicio, al caos, al espíritu desechable del mundo moderno. Con infinita paciencia, el traductor devuelve los bolsos y los paraguas a sus propietarios, o bien encuentra a quien pueda usarlos, pues al igual que el lenguaje puede perder su indumentaria, también puede aceptar cierto refinamiento prestado. No me cabe duda de que existe un modo de hacer justicia al zapato; con toda probabilidad, la scarpa posee cualidades especiales, aunque aún no alcanzo a imaginarlas. En español se dice zapato, palabra que me sugiere una zapatilla puntiaguda de baile, mientras que la chaussure francesa es una sombría zapatilla de caballero confeccionada con cuero marrón. La scarpa todavía no ha cobrado forma; sospecho que tiene un tacón de aguja muy alto y que es la clase de objeto que podría emplearse como arma asesina en una novela de Agatha Christie.”

Rachel Cusk: La última cena