Rachel Cusk cuenta en La última cena un viaje con su familia. Deciden pasar todo el verano y parte de la primavera en Italia. Parten de Inglaterra en coche, se suben a un ferry, atraviesan Francia y llegan a Italia. Allí se alojan en una casa en la Toscana sin más ocupación que ver el tiempo pasar y aprender algo de italiano.

“He empezado un nuevo libro de texto: Italiano en tres meses. Este es un poco más personal en su búsqueda de la socialización, aunque no por ello menos prescriptivo. Perdona, pero estoy demasiado cansado para jugar al tenis ahora. Y, en efecto, no hay tiempo para jugar al tenis ni para dedicarse a ningún otro pasatiempo frívolo. Los tres meses surcan a toda velocidad inmensos continentes de vocabulario, cordilleras de verbos irregulares, océanos de tiempos verbales y subjuntivos donde nadan los pronombres de objeto indirecto, criaturas voraces de dientes afilados a la espera de una víctima. Se espera de nosotros que lleguemos a conocer todos estos fenómenos geográficos con tan solo divisarlos desde una gran altitud. Desaparecen al poco de haber aparecido, se pierden en el pasado lingüístico, un abismo de peligro y confusión fundamentales donde las cosas se desaprenden, se olvidan, donde las penosas reservas de conocimiento se funden como los ahorros de un jubilado en una crisis financiera. A diferencia del pasado histórico, el pasado lingüístico está sometido a cambios incesantes; masas de tierra enteras se hunden de la noche a la mañana, numerosas poblaciones quedan arrasadas, las estructuras frágiles se reducen a la nada. No importa que ayer supiera los principales verbos modales y adjetivos demostrativos; hoy no logro encontrarlos por ninguna parte. Empiezo a comprender que el principio de la aceleración es el único fundamento científico que se encuentra en Italiano en tres meses. Se han limitado a eliminar del aprendizaje de la lengua el impedimento del tiempo. Lo mismo me daría leer Vivir en tres meses y así acabar de una vez por todas.”

Rachel Cusk: La última cena