Cuando me tocó estudiar latín me pregunté, con la osadía y la ignorancia de la juventud, para qué servía, qué sentido tenía aprender una lengua que no se hablaba en ningún país, hasta que poco a poco me fui dando cuenta de que el latín era la madre de todas las lenguas (o casi), de que conocerlo y traducirlo era aprender a descifrar una lengua preciosa de la que descendían, no ya el español, sino también el italiano, el francés, el catalán o el portugués.

Aprendí a disfrutar traduciendo latín y escuchando en la voz del grandísimo profesor de latín que tuve la suerte de tener, los discursos de Claudio o Trajano. Tendrían ustedes que haber visto a mi profesor declamar en latín mientras recorría a grandes zancadas la tarima de un lado a otro, alzando el brazo como si realmente sus alumnos (estupefactos) fuéramos un ejército al que arengar.

Con ese afán práctico y utilitario de que todo sirva para algo, a poder ser algo rentable e inmediato, el que se puede disculpar a un joven pero no a un adulto, ministro para más señas, José Solís Ruíz, ministro franquista natural de Cabra (Córdoba), dijo en una ocasión “Menos latín y más deporte. Porque, ¿para qué sirve el latín?”, a lo que Alfonso Muñoz Molina, Catedrático de la Universidad Complutense y también parlamentario de las cortes franquistas, le respondió “Por de pronto, señor ministro, sirve para que a los de Cabra les llamen egabrenses y no otra cosa”.