Según el gran Corominas, la acepción primitiva de la palabra martingala parece ser ‘fondo de una especie de calzas apropiadas para personas con súbitas necesidades fisiológicas’ (quién lo hubiera dicho). Se cree que procede “del francés martingala ‘del pueblo de Martigue’, en la Provenza, cuya situación aislada ha sido causa de que sus habitantes tengan fama de gente rústica que conserva antiguas vestiduras y costumbres. Por alusión al ingenioso dispositivo de calzas, tomó en francés el sentido de ‘artimaña’, significado que también tomó en castellano.”

Curiosamente, la RAE recoge como primer significado de martingala: ‘Correa de la cabezada o brida que une la cincha con la muserola y sirve para evitar que la caballería levante la cabeza más de la cuenta’, y solo como segunda acepción señala: ‘Artimaña o ardid (medio hábil y astuto para conseguir o eludir algo)’. Nunca dejará de asombrarme el inescrutable camino de las palabras.

El diccionario de María Moliner indica que martingala ‘designó primero unos calzones de hechura adecuada para permitir la evacuación en una urgencia; de ahí pasó en francés a significar ‘artimaña’ y este significado pasó al español’ para después explicar que el significado apropiado es ‘calza que llevaban los hombres de armas debajo de los quijotes (pieza del arnés que cubría el muslo)’. Como segunda acepción se refiere a un juego de cartas y solo como tercera opción ofrece el significado más conocido de la palabra: ‘Ardid con que en cierta ocasión o habitualmente se consigue cierta cosa: “tiene una martingala para abrir el cajón”.’

No me digan que no tiene su aquel que a partir de una extraña y facilitadora prenda de ropa se llegue a significar ‘artimaña’.