“Recuerdo que, cuando estaba en el colegio, la manera de comprobar si un diccionario era bueno consistía en investigar si incluía ciertas partes de la anatomía o palabrotas. Groserías. Por lo general, las páginas en que figuraban estas palabras eran las únicas que tenían las esquinas dobladas. Si hubiera aplicado ese criterio a los borradores del Swansby, podría haber aprendido que polla es también el nombre de un ave gruiforme y que chocho se podría definir como “confite, peladilla o cualquier dulce pequeño”. Desperdicié una buena oportunidad para ser más educada. La emoción que generaba toparme con una mala palabra era muy intensa: en el colegio, podías meter la nariz entre coñete y coñón o entre pendura y pene y encontrarse allí, anidando en las columnas de letras, algo que durante toda tu infancia habías sabido que era obsceno o sonrojante, o que exigía decirse sólo en voz baja. Te parecía que el lexicógrafo se había comportado como un pervertido y te lo imaginabas mecanografiando la palabra obscena con una cara de póker completamente falsa, o introduciendo los términos de matute meramente para provocarte cierta agitación pública, cuando estuvieras en clase, y una intensa emoción privada.”

Eley Williams: El diccionario del mentiroso