«”Déjeme que le cuente la etimología de la palabra hola“, pensó Winceworth, cogiendo la copa. “Yo no sé cantar ni soy guapo, pero quizá pueda cautivarle con mi fascinación por los detalles: ése es mi talento. Esta tendencia al ensimismamiento y a disfrutar con los pormenores, el poder transformador de prestarle una adecuada atención a las cosas pequeñas”.

Realmente estaba muy muy borracho.

-¿Se encuentra usted bien? -le preguntó Sophia.

Hola, según ciertos autores, proviene del griego ule, que significa “salud” y podría aludir a una afirmación -estoy sano- o a un deseo -que estés sano-. ¿Había pensado alguna vez que saludar y saludo vienen de salud? Numerosas lenguas indoeuropeas comparten términos similares que sin duda conoce, pero hay otros que se encuentran más escondidos, como el alemán heil o el francés hélas o el castellano hala. También hay quien indica que es un puro sonido, mera laxación, empleo de sílabas sin significado alguno, para indicar algo como eh, ei o eo. Y hay muchas otras hipótesis, que sus autores llaman teorías, y todas conjugan lo bello y lo delirante. Ay, la etimología, el pedigrí especulativo de las palabras. “¿Qué piensa de mí como lexicógrafo, Sophia?”, habría querido inquirir Winceworth mientras ella volvía a duplicarse ante sus ojos. “¿Qué le instarían a preguntar estos conocimientos? ¿Cuál es mi palabra favorita? Permítele a un aburrido lexicógrafo estas íntimas ficciones. Pregúnteme algo, Sophia”, pensó Winceworth.»

Eley Williams: El diccionario del mentiroso