El momento de las buenas noches se ha convertido en un momento grato para los dos. Hablamos de lo que ha pasado en el día, de por qué nos hemos enfadado o por qué nos hemos reído. Al final le abrazo, decididamente y sin fisuras, estrecho su cuerpo menudo con firmeza porque quiero que sienta que le quiero mucho. Aprovecho para mecerle entre mis brazos aunque lo que en realidad quisiera es mecer su alma. Me gustaría rescatarle de todos los sinsabores, reproches y frustraciones que se haya podido llevar en el día y que seguro han sido unos cuantos.

Algunos días, este es el momento de las confidencias, de las preguntas que bullen por ahí dentro. Ama, ¿hiciste bien en adoptarme?, me pregunta. Es lo mejor que he hecho en mi vida, macarrón, le contesto muy seria. No, lo mejor no, ama, porque primero tuviste a M. Sí, es verdad, lo segundo mejor que he hecho en mi vida. Parece ser que la presencia anterior a los dos de su padre no le supone una relegación en el puesto de “favorito”. Y tú me escogiste, me dice. No, no se podía escoger, J. ¿Te toqué, ama? Pues sí, igual que te tocan los hijos que se tienen en la tripa, que una no sabe si va a ser niño o niña ni si va a tener los ojos negros o azules. Y, ¿cómo era? Pues eras morenito, muy serio y parecías un poco triste. ¿Te acuerdas? Claro que me acuerdo: llevabas una chaquetita verde y unos pantalones de cuadros, y tenías el flequillo largo. ¿Y estás contenta? Pues claro, J, y tú, ¿estás contento con la madre que te ha tocado? Sí, aunque no sé cómo son las demás. Bueno, tienes a las de tus amigos. Ahora solo falta que a este macarrón se le ocurra que cualquier otra habría podido ser mejor… Sí, a ver, déjame pensar… está la de Markel, la de Guillermo, la de Unai es muy maja, ¿no? Sí, pero yo creo que la tuya es la bomba. Y, hala, a dormir que se está haciendo muy tarde.

Fue un buen momento para terminar la conversación.