“Este empleo del diccionario en la escuela era una especie de criba destinada a encontrar pepitas de un oro repulsivo e inmaduro, y nos tenía absortos. Sólo cuando me quedaba sola en el aula, después de que todos se hubieran marchado, me atrevía a buscar otras palabras. Solía decirme que era la curiosidad lo que me espoleaba. No me daba cuenta de que ojear un diccionario puede ser como mirar un mapa o contemplarse en un espejo.

. Bollera (f.). Persona que hace o vende bollos.

. Gay (adj.). Alegre, feliz, despreocupado. Obsoleto.

. Marica (f.). Urraca, ave similar al cuervo.

. Regla de Lesbos (f.). Regla flexible (generalmente de plomo) que podía doblarse para ajustarse a lo que se tuviera que medir. En sentido figurado, se aplica a algo, especialmente a un principio legal, que se adapta a las circunstancias.

. Sáfica (adj.). Estrofa que consta de tres versos sáficos y uno afónico.

. Sodomita (adj.). Natural de Sodoma, antigua ciudad de Palestina.

Recuerdo que ya en el colegio me preguntaba sobre los armarios: ¿habría una sutil diferencia entre alguien que no ha salido del armario y tener un esqueleto en el armario? Acudí al diccionario en busca de una aclaración, pero no encontré ninguna. Pasaba las páginas, ardiendo de vergüenza.”

Eley Williams: El diccionario del mentiroso