Supongamos que uno tiene un diccionario de sus propias palabras. No las tendría ordenadas por orden alfabético sino por montones que significan algo. Tendría apartados que contuvieran las palabras que a uno le enseñó su madre, las palabras que decía en el colegio, las palabras serias, las que se leen en los libros, las palabras procaces, las palabrotas, aquellas que se dicen a los niños, las palabras que no son tales sino aquellas voces con las que pretendemos reproducir un ruido: paf, péñen (este es el ruido que hace un disparo, sí, en mi casa era así), cras, etc. 

Como todos los diccionarios, este, exclusivo y personal, contendría la definición de las palabras, por ejemplo, fulastre: ‘no estar del todo bien, aunque tampoco muy mal’. Están las palabras ambiguas y sutiles, las que utilizamos para rehusar, para decir que no, pero sin que suene muy fuerte. A mí estas no se me dan muy bien, pero estoy aprendiendo de mi hijo.

Están las palabras comodín, las que nos sirven para todo, esas sin las que no podríamos vivir, las cosas y los cacharros. Están las muletillas, el por consiguiente y el una vez dicho esto. Hay palabras gruesas y palabras gastadas, parole, parole, parole… Todas las guardo en ese diccionario “made in Towers” del que entran y salen como por voluntad propia.