“La etimología se ha convertido en una vía excesivamente transitada hacia la semántica. Es un cliché empezar un ensayo o metaensayo con un recordatorio del significado original de “ensayo”, esto es, intento. Aun así, hace poco me preguntaba por la etimología de “aforismo”. Dado que a menudo se parafrasea como “verdad de perogrullo”, me planteé si en sus raíces estaría implicada la verdad. Aparte de eso, ¿tenía una raíz o dos? ¿Designaría el prefijo negativo “a-“ lo contrario de “for”? En cierto modo deseé que así fuera; “for” significa “portar” o “llevar”, lo que convertiría al aforismo en algo que no lleva, más bien en una “mentira” de perogrullo. Un enantiosema. Lo busqué y me enteré de que la ráiz griega “afor” significa “definir”: la definición de “aforismo” es “definición”. Sin embargo, yo rechazo la tendencia del lingüista de salón a utilizar la etimología como argumento. Ni en espíritu ni en uso un aforismo es una definición, sino algo más parecido a un ensayo, a un intento de definir. Un aforismo es un ensayo, un ensayo, en su forma más mínima posible.

En otras palabras, un aforismo no es una verdad, sino una especie de prueba (análisis, ensayo), una afirmación a la que se supone que tienes que enfrentarte para decidir si estás de acuerdo con ella. Si no lo estás, no será necesariamente por fallo del aforismo. Los mejores aforismos no son los más certeros, sino los más indecidibles, los dignos de ponerse a prueba infinitamente. En The Folded Clock, Heidi Julavits escribe sobre ella misma y sobre su marido: “Nos encanta elegir una convicción que quizá contemplemos durante un momento y luego ponerla patas arriba y bromear con ella. Estas bromas son nuestro método socrático particular. Se trata de interrogantes que nos ayudan a averiguar lo que nos importa, dónde reside nuestra fe en cada momento” (las bromas son ensayos).”

Elisa Gabbert: La palabra bonita